
“No ... es que yo he nacido en el exilio”
Carmen
Azcárate Giménez
Diciembre,
2000
Puede parecer un título un poco
extraño, pero es una frase que he repetido muchas veces desde que “vine
definitivamente” a vivir a España, a finales de los cincuenta.
¿“Vine” o “volví”? Debo confesar que lo primero
que escribí espontáneamente fue “volví”, tal es la fuerza de la idea tantas
veces repetida, especialmente en las fiestas señaladas como en las de año nuevo
o cumpleaños de mi infancia, "cuando volvamos a España", en
definitiva la idea del final del exilio. Mis padres, mis tíos, sus amigos
("camaradas" era la palabra) muchos “volvieron” o “regresaron” a
España, unos antes, otros después. Yo soy la mayor de todos mis primos y la
primera que me fui, o sea que “vine”.
Nacer en el exilio. Una cosa está clara: mis
padres me tuvieron en el exilio, su exilio. Cuando se piensa en “exilio” suele
predominar la imagen del movimiento que representa desplazarse de una tierra de
origen a otra tierra de acogida. Sin embargo, existe también el fenómeno de los
hijos del exilio, los que ya nacimos en alguna de esas tierras de acogida. Por
cuestiones de edad, yo debo ser de los primeros. Nací en Inglaterra a
principios del año cuarenta; luego, acabada la Segunda Guerra Mundial, mi madre
me llevó a Francia donde mi padre había pasado toda la guerra y al que conocí
entonces; y, finalmente, me fui (me vine, volví ...) a España a los dieciocho
años, o sea cuando ya tenía cierta capacidad para aceptar y opinar acerca de
una decisión tan trascendente como es dónde intentar arraigar definitivamente.
Hay que tener en cuenta que en el año cincuenta y
ocho, que es cuando dejo la casa de mis padres en París y me instalo en Madrid
en casa de mi abuela materna Carmen y mi tía Teresa, hermana menor de mi madre,
mi familia vive en París en condiciones de absoluta clandestinidad; y eso desde
el año cincuenta. En efecto, poca gente sabe que en el mes de septiembre del
cincuenta, bajo el gobierno de la SFIO (Section Française de l’Internationale
Ouvrière, ligada a la II Internacional) dirigido por Guy Mollet, se declara
ilegal el Partido Comunista de España y se produce la detención de la mayoría
de los dirigentes y cuadros comunistas españoles residentes en Francia. Mi
padre tuvo la fortuna, o más bien la previsión, de tener su residencia legal en
una casa donde no vivía, lo que le salvó de la detención; pero desde entonces
hasta pasado el 20 de noviembre de 1975, estuvo viviendo ilegalmente en
Francia, con las consecuencias familiares que ello supuso.
Cuando la detención, vivíamos en una casa
propiedad de mi abuelo paterno (Pablo de Azcárate, entonces funcionario de la
ONU), ubicada en la ciudad de Versalles; era una casa muy bonita, grande, con
dos pisos y un gran jardín, situada en un barrio residencial burgués. En esa
casa vivíamos mis padres, algunos de mis tíos y tías, mi hermano y yo así como,
temporalmente y en un apartamento a parte en el último piso, mi abuelo y su
segunda esposa, Frida. Se trataba, por tanto, de una casa familiar, con
evidentes características de "comuna" en su organización, según he
podido interpretar ya de mayor.
La casa de Versalles me trae algunos recuerdos
entrañables. Durante una época vino a vivir allí un señor de aspecto muy raro,
muy delgado, enfermizo, me decían que poeta; hablaba poco pero lo hacía de una
manera muy suave con un acento que no me resultaba familiar. Yo percibía que se
trataba de alguien diferente a los "camaradas" habituales que venían
por mi casa. Me decían que se estaba reponiendo de una enfermedad y que por eso
iba a pasar una temporada en nuestra casa. A veces se encerraba varios días en
su habitación sin salir; fumaba sin parar; recuerdo que le dejábamos una
bandeja con comida en su puerta y él la cogía cuando no había nadie. La verdad
es que yo no le tenía ninguna simpatía, seguramente porque tuve que cederle mi
habitación. Cierto día mi madre me pidió que le acompañara a una óptica para
encargar unas gafas; él no hablaba francés y yo debía hacer de traductora. Lo
recuerdo como un verdadero suplicio; el pobre intentaba ser simpático y darme
conversación pero yo lo pasaba muy mal, me daba vergüenza ir con él por la
calle y luego en la tienda, todavía resultó peor. Más tarde supe que aquel
señor era Blas de Otero ...
Tanto en la casa de Versalles como en la casa de
Port Marly donde habíamos vivido antes, también en régimen de comuna familiar,
mis padres con mis tres tías y mis dos tíos, pasó largas temporadas con
nosotros Julián Grimau; era entonces como uno más de la familia. Durante los
tres años que mi madre pasó en un sanatorio de Suiza, curándose de una grave
tuberculosis de pulmón, Julián solía compartir la habitación de mi padre.
Recuerdo que tenía una salud muy delicada y me contaron después que venía a
nuestra casa para reponerse del agotamiento de sus viajes y curar la bronquitis
crónica que le aquejaba. Le recuerdo como una persona apacible, amable, siempre
dispuesto a ayudar y hacer favores y sobre todo paciente, especialmente con mi
hermano que era un auténtico diablillo. Tengo grabada en mi memoria la
sensación de desaliento y profunda tristeza de aquél sábado 20 de abril de
1963, en Madrid, cuando yendo en autobús a una reunión de mi célula del PC de
la Facultad de Ciencias, leí en una nota minúscula del ABC, la noticia que
confirmaba su fusilamiento aquella misma madrugada.
El día de la detención del año cincuenta, en
Francia, estaban pasando una temporada en la casa de Versalles mis tíos abuelos
Cruz y Patricio, él militar de carrera y coronel de Ingenieros del Ejército
Republicano durante la Guerra Civil. Cuando se presentó la policía, de
madrugada, con la orden de arresto de su hijo Luís, este viejo exiliado
republicano apenas podía expresar su reacción de incredulidad e indignación en
un francés chapurreado que impresionó a los policías franceses (¡de la
República Francesa!) que parecieron comprenderle perfectamente mostrando su
desconcierto, sin entender su misión, tanto por las características de la casa
como por los personajes que les recibieron; a parte de mi padre, estaba allí
otro de mis tíos, Tomás García, cuñado de Luís, miembro del Ejecutivo del PC y
conocido con el seudónimo de Juan Gómez. Luís fue posteriormente deportado a
Alemania y Checoslovaquia junto con otro de mis tíos, José María Rancaño,
casado con Delfina, una hermana de mi padre. Fue el inicio de nuestra diáspora
familiar; bueno, la segunda, la que me tocó vivir a mí.
Ésta es una historia que he oído contar mil veces;
pero yo no estaba allí. Yo estaba entonces en unas colonias de vacaciones que
organizaba el Secours Populaire Français, institución próxima al PCF, a la que
le debo unas experiencias inolvidables de verano conviviendo con niños
franceses en distintos lugares de Francia: en Bretaña, el Massif Central, la
Provenza; de ahí arrancan algo así como mis raíces francesas más populares
ligadas a las canciones, el deporte, los juegos, las excursiones, la
complicidad de la convivencia, ... Todavía hoy, cuando me encuentro con
franceses de mi generación, conecto en seguida con ellos gracias a los
recuerdos comunes, las canciones, las historietas, ...; en cambio, me siento
extraña cuando mis amigos actuales se refieren a sus recuerdos escolares,
especialmente de colegios de curas o monjas, donde ocupan un lugar importante
las catequesis, comuniones, rezos, confesiones, ejercicios espirituales,
incluso cantos y saludos a la bandera y demás experiencias que yo no tuve.
El resto de mi base cultural francesa es más
intelectual y está relacionada con mi vida académica. Yo he sido un caso típico
de bilingüismo: en casa hablaba castellano con mis padres, aunque a veces en
francés, a escondidas, con mi hermano. El francés era mi idioma culto, el del
liceo y la mayoría de mis lecturas ... si bien mi padre se empeñaba en que
leyera autores castellanos que no me lograban interesar; es el caso de los
Episodios Nacionales; por poco aborrecí a Galdós que más tarde me llegó a
entusiasmar. Mi cultura francesa me había hecho casi erudita en Historia,
Geografía y Literatura ... francesas (¡y de las colonias!) y casi ignorante en
todo lo demás; es una laguna que he sufrido y he tenido que suplir yo sola como
he podido a lo largo de mi vida. Pero siempre he agradecido el empeño obstinado
de mis padres en imponer la norma de hablar castellano en casa y en enseñarme a
escribirlo correctamente.
Sin embargo, sí que leía y me gustaban ciertos
libros escritos en castellano: los de las Ediciones de Moscú que me regalaban
regularmente y que devoraba con gran interés; recuerdo las hazañas de un piloto
soviético que volando con los pies congelados logró derribar varios aviones
alemanes, las proezas del joven Volodia y su pandilla de Odessa durante la
resistencia, las descripciones de la vida de los pioneros en la Unión
Soviética, ... Durante una larga época, ésta fue una cara del mundo de mi
infancia; visto ahora, parece incompatible con la otra cara, la formación
profundamente racionalista que recibí, tanto en el ambiente escolar francés
como en el familiar, tan impregnado del pensamiento institucionalista.
Esas vacaciones del año cincuenta recuerdo que las
pasé en un campamento del centro de Francia, cerca de Limoges. Estaba también
allí mi primo Honorio Rancaño, hijo de José María, dos años mayor que yo (o
sea, teníamos 12 y 10 años). No recuerdo bien cómo nos enteramos de las
detenciones, pero sí recuerdo su actitud protectora hacia mí, a pesar de que
habían detenido a su padre, incluso algo condescendiente; en efecto, al
principio sufrí una gran impresión y ansiedad porque cuando decían
"deportés" yo no me fiaba de que el significado no fuera "ejecutados";
recuerdo muy bien mi incredulidad y la insistencia de mi pregunta "¿estáis
seguros?". Cuando vuelvo sobre este recuerdo angustioso, pienso en el
desconcierto de esa niña que vivía una situación que no comprendía y, sobre
todo, que oía muchas conversaciones que iban dejando un poso incontrolado. En
el año cincuenta todavía eran recientes las noticias de compañeros de mis
padres fusilados en España.
A la vuelta de esas colonias todo va a cambiar.
Seguiremos viviendo en la casa de Versalles durante dos cursos escolares,
coincidiendo el segundo con mi primer año en el instituto, en el "lycée de
jeunes filles" de Versalles. Mi padre no volvió a pisar esa casa, ni
tampoco mis tíos; solo vivíamos allí mi madre, mi tía Amelia, hermana pequeña
de mi padre, mi hermano Pablo, seis años menor que yo, y yo misma. Mi abuelo
pasó alguna temporada larga con nosotros. Por lo visto, viendo que la situación
no se arreglaba (recuerdo muy bien unos individuos sospechosos apostados
durante largas horas cerca de la casa) decidieron vender la casa y buscar un
piso donde trasladarnos, con la perspectiva de que pudiera venir mi padre a
vivir con nosotros. En efecto, al final de mi primer curso en el liceo me
enteré de que nos íbamos a vivir a un piso en Charenton, al sudeste de París. Allí
viví los seis años siguientes, hasta que me fui a estudiar a Madrid. Sin
embargo, mi padre no se vino a vivir definitivamente con nosotros hasta varios
años después de que nos instaláramos, tales eran las precauciones y las medidas
de seguridad. Durante todo ese tiempo mi dirección oficial en el liceo fue la
de unos franceses amigos de mis padres y ninguna compañera de clase vino a
visitarme a casa. Yo no recuerdo cómo me las arreglaba, pero debí desarrollar
unas buenas habilidades para mentir. Sí recuerdo la sensación de alivio, la
conciencia de legalidad que sentí en la casa de mi abuela y mi tía en Madrid.
En Madrid del año cincuenta y ocho; yo lo viví así.
Cuando pienso en mi época adolescente, esa etapa
de mi vida en París, recuerdo dos mundos bien distintos. Por un lado, la vida
cotidiana, el liceo, los deberes, el estudio, la lectura. Yo era una alumna
aplicada y cumplidora. Además me gustaba estudiar y el ambiente de mi familia
era de exigencia de buenos resultados escolares. Recuerdo momentos de auténtico
placer cuando conseguía resolver un problema de matemáticas o cuando me salía
bien una redacción o un comentario de texto; creo que mi condición singular de
"l'espagnole" del liceo y la conciencia de "refugiada" e
hija de comunistas alimentaban mi amor propio y el deseo no solo de no quedarme
atrás sino de destacar entre las mejores; además del placer por conseguir
éxitos, creo que sentía una especie de orgullo que desbordaba lo estrictamente
personal.
El otro mundo en el que me movía era el de
"La Juventud", la organización de la JSU de París, lo que quedaba de
las Juventudes Socialistas Unificadas. Al principio, iba a las reuniones, las
asambleas, el coro, los entrenamientos y los partidos de balonvolea así como
las salidas y excursiones de los domingos, acompañando a mi tía Amelia, la
hermana de mi padre solo ocho años mayor que yo, que vivía con nosotros. Era un
ambiente de jóvenes, de unos quince a veinticinco años, la mayoría hijos de
refugiados comunistas y distribuidos en grupos donde se daba formación
política, de la que no recuerdo absolutamente nada, y se organizaban
actividades culturales, que me resultaban muy atractivas y divertidas. También
recuerdo, con algo de vergüenza retrospectiva, algunos domingos por la mañana
(los llamábamos "domingos rojos") en que íbamos, en pequeños grupos
de dos o tres jóvenes, a vender prensa a ciertas casas de refugiados, gente que
había sobrevivido a las dos guerras y que tenían la paciencia de atendernos en
su único día de descanso; me pregunto qué les decíamos, de qué hablábamos y,
más que nada, qué pintaba yo allí; me sorprende nuestra osadía; supongo que los
demás, cuando lo piensen, se harán las mismas reflexiones.
Sí sobresale el recuerdo de un tema dominante en
esa época de mediados de los cincuenta: la lucha por la Paz. No recuerdo
fechas, los historiadores me suplirán, pero no he podido olvidar la impresión
que me causó asistir a la enorme manifestación en la Place de la Nation por
salvar la vida del matrimonio Rosenberg, condenado a muerte por espionaje en
Estados Unidos, y que fue efectivamente ejecutado a pesar de la presión
internacional.
Cuando mi padre se instaló a vivir en el piso de
Charenton cambió completamente la relación que manteníamos con él mi hermano y
yo y recuperamos una situación de relativa normalidad que había sido largamente
interrumpida. De hecho, durante todo el tiempo de su ausencia, nos
acostumbramos a pasar con él la mayoría de los domingos en diferentes parques
de Versalles o de París; dicho así, resulta muy bucólico, pero no hace falta
tener mucha imaginación para intuir la difícil situación de mi madre, sin
hablar de la vida a salto de mata que llevaba mi padre.
Una cosa que me asombra ahora es que no tengo
ningún recuerdo de disgusto o resentimiento por aquella situación; creo que
estaba totalmente mentalizada y convencida de la importancia de "nuestra
lucha" (yo me incluía en el paquete donde el actor principal era mi
padre), del valor del sacrificio personal, de nuestra singularidad, de nuestro
carácter de gente diferente, necesaria, vanguardista, con una misión ineludible
por cumplir. Vivía entonces en un contexto cultural muy de posguerra, dominado
por toda la épica de la guerra mundial donde destacaba la victoria soviética
sobre los nazis alemanes, el heroísmo de la resistencia francesa donde los
refugiados españoles habían tenido un papel primordial, y por supuesto, nuestra
guerra civil y el sinfín de sucesos y noticias que venían de España donde el
Partido Comunista sobresalía siempre por su entrega, valor y abnegación.
Otro lugar donde coincidíamos muy a menudo con mi
padre era en la casa de Juvisy, en la banlieue sur de París, donde vivían mi
tía Teresa Azcárate, su marido Tomás García y mis primos, sus tres hijos. Allí
pasamos muchos domingos y celebramos todas las fiestas de Navidad y de Año
Nuevo (nunca faltó la exclamación o el brindis "¡este año seguro que
volvemos a España!") en un ambiente muy cálido y familiar. Era una especie
de recuperación de una parte de la gran familia comunal diseminada, la
seguridad de la existencia de un núcleo familiar estable. En ese sentido, la
presencia lejana de mi abuelo, que se había instalado a vivir en Ginebra, a
través de sus cartas y de sus visitas esporádicas a París, contribuían también
a procurarnos una sensación de tranquilidad y protección; sin contar con su
ayuda económica que nos procuró una vida sin carencias básicas, aunque austera.
A la casa de Juvisy venían también otros
dirigentes y sus familias, amigos de mis tíos y de mis padres. Recuerdo con
especial cariño a Fernando Claudín, un hombre tranquilo, amable, de hablar
pausado, de expresión sencilla, interesado por cosas muy diversas como, en mi
caso, por los estudios y las ocupaciones de una adolescente insignificante. Yo
asistía, no siempre con el mismo interés, a las conversaciones de los mayores y
me vienen a la memoria aquellas largas sobremesas donde destacaba la claridad
de sus ideas y su capacidad de persuasión. Yo ya vivía en España cuando la
crisis entre el PC y Claudín, pero siempre sentí tristeza por su repercusión en
las relaciones personales con mi familia. Me llevé una alegría muy especial
cuando supe que, pasados los años, mi padre y Fernando habían recuperado
finalmente su relación de afecto y cordialidad.
A nuestra casa de Charenton también acudían varias
personas que colaboraban con mi padre. Incluso se celebraban largas reuniones,
todas ellas con mucho humo. Todos los asistentes llegaban y se iban por
separado, de uno en uno; en general pocos comentarios, pocos intercambios de
palabras conmigo. Sin embargo, recuerdo una excepción: Gregorio López Raimundo.
La primera vez que vino a casa y le reconocí, me produjo una gran emoción
porque yo había seguido con gran interés todo el proceso de su detención,
cárcel y liberación; mi abuela materna y mi tía, que luego me acogieron en su
casa de Madrid, se habían ocupado de su comida diaria y de su muda durante el
tiempo que estuvo en la cárcel de Carabanchel y, por tanto, había tenido mucha
información y lo sentía muy próximo. En sus visitas sucesivas tuve la suerte de
atenderle varias veces gracias a la ausencia de mis padres; me sentía tan
satisfecha, tan importante. Él también me preguntaba por lo que hacía, el
liceo, mis lecturas, el grupo de la JSU, .... Recuerdo que me resultaba extraño
su comportamiento tan pausado, su extrema lentitud; luego supe que eran
secuelas de la detención y la cárcel; afortunadamente no fueron perennes.
Ya he dicho que nací en Inglaterra donde viví
hasta el final de la Guerra Mundial. Recuerdo muy bien la casa de mis abuelos,
en Taplow, donde vivía con mi madre y los hermanos de mi padre; mi abuelo había
sido el embajador de la República Española en Inglaterra durante la Guerra
Civil, lo que explica que se quedaran y se exiliaran allí. A mi padre le
sorprendió la invasión alemana en un viaje a Francia que realizó poco después
de nacer yo; no le fue posible regresar a Londres.
Entre mis primeros recuerdos sobresalen algunas
anécdotas que aparecen como destellos. En varias ocasiones fuimos de visita,
incluso a pasar unos días poco después de morir mi abuela, a la casa donde
vivía Juan Negrín que era un gran amigo de mi abuelo. Recuerdo muy bien lo
espaciosa que era la casa con un jardín soberbio y unos perros gigantes para
mí, pero que debían ser bastante mansos. En efecto, animada por el ejemplo de
mi abuelo y mis tíos que montaban habitualmente a caballo, causándome gran
admiración, recuerdo que aprovechaba para encaramarme a los perros cuando se
tumbaban a descansar tranquilamente en el suelo.
Un acontecimiento revolucionó toda la casa de
Taplow: de repente los mayores decidieron que todos durmiéramos en el mismo
cuarto. Se habilitó un gran salón del piso bajo donde nos instalamos todos
distribuyéndonos por los distintos rincones. Lo asocio a ruidos nocturnos,
parecidos a las tormentas y también a un ambiente familiar de mucha
preocupación. No era para menos: los alemanes estaban lanzando los famosos V1 y
V2, artefactos voladores no pilotados que no discriminaban los objetivos y que
causaron graves destrozos en la zona londinense.
Un buen día recuerdo que me regalaron un juguete
al que llamaban "carraca"; se le hacía dar vueltas y hacía un ruido
especial: era el final de la guerra. Poco después me veo en la cubierta de un
barco que atravesaba el Canal de la Mancha. A partir de ahí cada vez tengo más
recuerdos, pero se había roto el mundo confortable y seguro de mi primera
infancia y dominan ahora los tonos grises de la postguerra: el encuentro con mi
padre, la casa de mis tíos abuelos en París, la vida con mis padres en Toulouse
en un apartamento cochambroso y diminuto, la experiencia de la escuela con la
dificultad del francés, el nacimiento de mi hermano Pablo.
Poco después de nacer Pablo fuimos a pasar una
temporada a Hendaya en la casa de unos amigos franceses de mi padre. Recuerdo que
fuimos a la frontera con España que era un puente lleno de alambradas con un
paso estrecho para peatones. Así conocí a mi abuela Carmen y a mi tía Teresa
que vivían entonces en San Sebastián; mi madre no las había visto desde el
final de la Guerra Civil y nos encontramos allí en el puesto de policía
fronterizo francés; ellas habían conseguido un pase y pudieron cruzar a Francia
por el puente. Es difícil conocer las reglas de la memoria: recuerdo que nos
trajeron unas naranjas.
Desde que vine a vivir a España, en Madrid y después en Barcelona, siempre que me he encontrado en la situación en que la gente habla de su origen, su pueblo, su ciudad y me han preguntado de forma natural "y tú ¿de dónde eres?", mi respuesta inmediata ha sido siempre como una excusa por ser diferente, "no ... es que yo he nacido en el exilio". Y es que realmente no me siento de ningún sitio, ni de Inglaterra donde solo pasé los primeros años de mi vida, ni de Francia donde me eduqué y que, sin duda, me marcó con un poso cultural importante. Eran las tierras del exilio de mis padres, el mundo en el que nací.